Un fósil atrapado en el acto de su evolución
¿Qué decir que no se crea? Cretáceo: un crótalo
templario aferrado al formol del duodeno. Crece
con sus ideas el anómalo; estirase en ciernes y
quien lo mira le admira la rauda gomosidad de sus
arranques, ese prensil raspado en la ventosa (adentro
Venus) causal primera del chisporroteo digestivo
sobre la gamuza del diástole; su tubo hincado hasta
las narinas (gracias) recubiertas de un fino opaco vello.
Hermoso no es pero ave tampoco. Come sin respirar
agazapado en la protuberancia lanuda o a veces tan
sedosa del azahar (su flor). Siempre te azaras –le dice
el domador, quedo (¡chits!), apoyando el astrolabio
contra el puntapié que sopla el vestíbulo y, sin orificio
de salida (ni sanidad ninguna, dígase), se atraganta.
El arnés (usos y costumbres), ya que lleva un arnés
que lo une a su tribu, le dona la identidad que no tiene,
solo, emasculado por la (sin maldad, tampoco) pala
atenea del paleontólogo que triza, lo sonsaca de ahí,
adentra. ¿Qué decir de su risa? Sea Creta tu madre o
Tucumán tu padre; ácido celentéreo: me interesa tu
saeta zahorí; me anega el musgo dócil de tus muslos;
me intriga la evolutiva trampa de tu acto. Musical,
sí. Monocorde siempre pero musical. Alvéolo veloz
relampagueando en el tres veces mesozoico. Piso com-
pacto sobre capas (150.000.000 de detritus) te hacen
más famoso que Verlaine. ¿Y qué decir del anhídrido?
¿Y de la oxidación? Del hematoma fósil in fraganti,
¿decir? Hundido en el glotis de la bestia nadie puede
pensar en decir. No se decide nadie. Si saca la lengua
se la cortan, si saca el pie lo pisan, o aún peor y termina
en la hornacina del preceptor. Ahora que lo miro bien
(expuesto con sus pulgas predadoras) lo entiendo menos:
lo asiático que alumbra por la armella; lo vagido de tan
lejos; el adagio en el yeyuno donde duerme (ayuna ya
que hiberna); el tic del tacto rocalloso; el genoma que
emigra (nadan de Omán a Patagonia en el desierto) y
la atascada fécula. De ahí la siesta sideral (¿qué decir
del que duerme entonces?), de ahí Gea entre los entre-
telones del vestido (desnudo Vesubio en voraz hora).
O en similares términos: léase el ámbar regresándose
al ágape confuso, al uterino filicida fósforo, al calcáreo
maremagno sin soles ya y sin rizo. Zenzontle de cemento
bajo el barro. Sí, lo salvó la hipotermia, la hipótesis del
pájaro que nunca se descarta: sorprendente serpiente
implume que gorjea. El gorgojo, que bien medró in-
crustado al cuño de su dermis por milenios, se retractó
(diminuta retráctil criatura) al alcanzar aquél cerúlea
morada bajo tierra. Pangea es una esponja que despierta,
despereza hacia el ártico sus crestas, suda sectores secos
(continencias), curare de raíz de maracure interesando
intestinales gamos. Facineroso mundo ¿o no? ¿No
hablamos, antes, del cohecho? Del fósil fácil hacia
el miasma indeterminado de lo mismo? ¿Del pujamen?
¿No? ¿Del grado en la escala de Alicia? ¿Qué decir
que no se rompa? En pedazos, o en pétalos. O en el
evolutivo pleonasmo del poema: fósil en acto, intacto
a trechos vertebrados como quien dice buche, o dice
glotis, o alarga la laringe y libra, alegre, misántropo licor
en perturbada soledad sobre el blando acetileno de la niña.
Ejemplos sobran: el huevo rompe al pájaro, vuela en
su calcio aquél hacia la redonda rama de la acacia; toca
(si toca) leve, con las patas, con el pespunte de la yema
apenas; cargase clara el ala de aire, generalmente en vuelo;
ahí evacua sobre la elevación (vientre de Eva grávida) del
Everest. ¿Se nota lo que digo? Un coseno que cae desde
el recodo de la pluma y mancha al mudo pez en el anca.
El pez es pájaro; el pájaro escama; el alegre pescador
escapa una vez más de la tormenta; pían sus hijos a
lo lejos. Su esperma será igual fósil un día, pero por
ahora bebe, eyecta, ebrio, sobre ella y canta (será
fósil un día) acatando el velamen de la hembra. ¿Qué
decir que, desde su propio peso, no se caiga? Desde
los cielos de la nada honda o del Jardín primero. No
se caiga. El pudendo pelo de Dalila (corte al pubis)
cayendo como genitales pterodáctilos, lloviznados
rizomas vertiginosamente verticales (sedientas las
matrices). Chasquido portentoso. Chirimías. Dise-
minado hechizo del incienso en predatorio tálamo;
último ojo pineal intervenido quirúrgicamente o por
inducción electromecánica: aorta del que no ve. No
ve los rápidos, ve los lentos velos huracanados en el
mar, el microbio del “mi” en el “sol” del “la”, rosa
ve volando en ese ecléctico improperio de las cosas
agitadas a la sazón y di si no, di tu aroma foto-gené-
tico en la siderurgia del tibio in vitro ahí: vociferante
fósil. ¿Para eso tantas alharacas? –parece que dice.
¿Tantos ofrendados infusorios en las toltecas calorías
del Tedeum? Haberse visto. Tombuctú en la punta
de la lengua lamido en la acéfala dicción sudafricana,
intacto en su octaedro de letras enigmáticas. ¿De dónde
vienen? ¿A dónde van? ¿Quién abrió el glifo fofo?
¿Un alga acaso (Oxum) de las Antillas? ¿Atorrantes
atalantes pre-lógicos o post-cubistas? ¿Cimitarras
abanicadas por sus descendientes? ¿Ella? ¿El llavero
del santo sin morada? ¿La pizpireta piba atolondrada
por el alcohol rugiente? ¿Sísifo? ¿Entonces quién?
El sordo, seguro. Acantonado sobre los escombros
se mece en su baba (¡meticuloso metiche!) mesándose
el viril hasta yacer decúbito, beodo, empapado en el
piso húmedo de la mazmorra, ateo en éxtasis merino
el animal. El sordo, sin duda. Su chicle fraticida
entablillado en la coladera del catre para que nada
se caiga, o se ahogue; para enervar el Nilo conductor
en la épica de mayores lluvias hacia el rebalse o hacia
el franco minué de la lengua un día. Bífido, el sordo.
Lo cual explica en parte, mide la propensión, cauteriza
con empapado hisopo la zona expuesta a las excoriaciones.
Pero eso no es garantía de nada (Demérito no es filósofo).
Panacea de nada. Gracias, sordo. Gracias, craneano
infidente que no dejas de atestiguar la osadía odisea
intransitiva. Matarife. Qué canoa en el pulso del zigzag
silbando un salmo en el suburbio protector (malandrines
merodeando a ras de catecismo, nada inusitado). Salud
al fósil, dice. Empina, escupe, se excrementa la cremallera.
Hiende el resbaladizo hedor que gana lugar en el empeine
apelotonándose sobre la costra del acceso. Olisquea, mueve
la cola el can desde la desconfianza de lo lejos y viene,
luego, para lamer la exudada melaza del inválido; éste
lo ve con el solo ojo sano (nubló la sarna al otro), cíclope
lo mide en la distancia y le perpetúa tal descarga renal
sobre la víscera del cóccix que aúlla el cachorro en el bajío
arrastrando el resto mortuorio hacia la ciénaga. No anden
toqueteando que se excitan -le dice, al oído, ya que en
la noche no ve: no anden manoseando al animal que lo
malcrían y luego no trabaja, o trabaja mal, erizado en esa
lujuria aunque le expatríen (bien embozalado el colmenar)
de un tajo los cojones. Y alisa la instructiva yesca del
rebenque tamborileando sobre el húmero, esculcando
en cuclillas el probable vuelo de la codorniz. Mientras
tanto, ¿qué decir que no mienta? ¿Qué que no cambie de
pronto con el viento? Castos alisios fertilizando almendros
un arpa impía tañen; arpía del canto en traicionera sima
la sirena; sílfide, injusto amor promueves por el mundo
y triste Troya procreas a tu paso. Urbe es Gomorra en
la uretra industrial (gasoductos) que tus gametos urden.
Atila de tetas sobre el puente alertas el hipo del atleta
y a la casada acechas en las puertas del invadido templo.
Otomana tu madre, encinta la incestuosa de ti, la que hija
y hermana te parió mientras tu furia incendiaba monasterios.
Raza rasgada y cruda en el liso damasco tu jinete. Cojín
para un degüello en intravenoso miserere. Perla el sudor
lampiño las estepas, la sal minando surcos en ese zodiacal
sulfuro del sultán. Apiádate, le dicen los avaros obesos
ya sin fe, los alebrestados edecanes pulcros, los del Talmud
y luego los del Tao, los líricos lectores de Silesius, los
sastres hare-krisnas, los cultores del kiwi (su fruto), las
aviesas hordas de Zoroastro, el misterioso Abel, los tirios,
los troyanos, las manos en mudra piadosas de Teresa,
todos los cardenales de Tezcatlipoca, los adoradores de
Perseo en las postrimerías del Peloponeso, el barco amotinado,
los ladrones de Alí, Anais Nin y algunos albinos abisinios,
los zorros leninistas de Manchuria, las meretrices huérfanas
en las tristes turbinas de los nosocomios, tarántula la flor y
el Yepes de su trino entre las arboledas novo-hispanas, samovar
en la estepa, Pisístrato, los hijos arraigados de Siqueiros, api-
ádate, Madre Juana muriéndose en Cantabria, seudópodos,
aqueos, la siempre linda, ádate, vendedora de fósforos, imagin-
arios monarcas bondadosos, date, el relojero atragantado
por el astracán, apiád, el sedoso tahúr y su dálmatas hijas,
date, sobre el núbil aliciente del mandril, tintura en las
pestañas y á la tararira, una punción, una enorme punción
entarimada, invencible porque no puedes levantar el alma
de la arena, iáda, el salitre en la inquina vecinal, los atolondra-
dos cantores, piád, a fuego lento Éfeso, invisibles, á-
date transparentes albas a la clara tarea del Zohar, le dicen
suplicantes, perezosos pero no tanto como para no hallar
indigna llaga y humillada voz en ese frío filo del final.
Fósil apiádate o ¿cómo te encuentro en lo veloz o cómo
no te encuentro? ¿Cómo acallar el bulbo ádate de tu
calcio? La catacumba intermitente donde anida tu in-
diferente imán. ¿O cómo á? Unto en lo hondo abismo.
¿Adoro qué, cretáceo? ¿La fértil dentellada del reptil
o el enano cartílago del sapiens? ¡Uf! del zumbido ah,
Uds. me perdonen. ¿Ufanía de qué a ultranza? ¡Uf!
del ¡uf! en el obstáculo del beso, cacarizo. Y Uds.
testándolo con el cianuro en la sonrisa qué. ¡Ah! ¡Oh!
¿Eh? ¡Fósil, no nazcas! ¡Inviértete! ¡Casca hacia atrás!
¡Que el tiempo no te calque! ¡Ahí enmudece! Y nunca
más hoy. Nunca más ay. Nomeolvides nunca.
Victor Sosa
sunya@prodigy.net.mx
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