subsiste, ruta del desvío que rutila el plano
de ningún impacto, de fosfenos liminares, fugas
aliviadas de su caza, pactos durante el solo ripio
del camino: la foresta que tan lento respira
se aligera o aleja melodía el oleaje fuego
de la tarde al borde: marcas que serían
del destino galas de la parca, porque espera
más acecho entre las plantas, que susurran:
pero desnudo tórnase estar desde antes,
hacia ahora, nada más, en este nudo de hambre
u opal, obsesa luz de plancton, con el apuro
del sitio de llegada que, de partida, hace a la llaga.
los ojos que vide en vos abisman todavía
la esperanza por recorrerse esos tus cielos,
la espesura para su rumor de casuarinas
no-causales: ante los múltiples del humo,
tardan devenir las mismas cosas, a pun-
to de romper el hilo pero sin, en la cinta
insomne que une lejanía o propone
ciertos puentes simultáneos hacia nunca
conciliados puntos invisibles: devora
la olímpica fiebre del espacio, lagarto
de la inercia que limando liga a ésos,
estotros lugares.
la turbia constelación de momentos hace
trizas la noción que sólo espantaría congos
con la palma acuciada por el buda si arde
la estaca vertebral cual un pabilo: ese ardor
asemeja y distingue sendos cuerpos pero no
los asimila, ni del topos deviene apenas
instante sin grey para que eterno acontezca
el polvo por la sola mota sin morador,
suspenso entre dos latidos: permanecer
de una pieza y entrando seguir rabillo,
dilatar zonas que el ojo stereo sabe
(aunque no cabe en su asombro) al
ajeno saberse.
no queda otra sino la estela
con oceánico tacto, flora abisal
de los humores: su sin fin caricia,
confía la carente mano
ensimismada a su espejismo y al
tiempo mismo que se apaga,
opaca resurge.
un arroyo el abismo: las verdes
por el musgo rocas, premonición quizá
el aleteo en cada mariposa, del reojo
llovizna ardilla repentina da trasluz,
propaga las semillas de Hipnos,
el tizne del insecto, ínfimos
del infinito trinan, dan espacio
a la sola intimidad, único instar.
planicie del estar inclinado sauce,
hacia las matrices del móvil
que un buceador ya no tamiza,
perla flotante continúa perdida
en las propias narices del sustrato,
en el trato incompleto con el día,
en la furia cansada de ser fiera,
en la lamia prendida a su alegría:
en la fijeza encendida, una ardilla,
que por el pastizal rociado corre-
tea, y a su propia sombra asimila,
las semi semillas a nado la miran.
al borde del lucero, laguna en la
que intento, aunque se pierda
el cuento, y ni al margen devuelva
ni una sola de las horas en tumulto
que a su lado perdí —allá ellas—,
en la era ya eyaculada en que Eros —a-
yer nomás— iba en un auto de libélulas
atravesado, hachando rayas y rayas
sin mella, con la tiza cartesiana
en que arden, ex-nihilo, diagonales
desviadas del sendero.
ding-a-ling
tercia este abismo que no cuadra
ni cuaja demasiado el buen
azote del poniente, al deponer
a las mareas, que llegan, de súbito
dorsales a la fiesta y arman estro-
picio brutalmente cual si fieras,
mientras roe un solo punto de cabeza
en el martillo drástico que hunde
en la espesura lumbre, al sur del más
allá donde se esconde la íntima
rosa pánica del cuerpo que a esa llama
un tanto ciega del instante responde,
polvillo atómico antes o después
de fijarse en la revuelta.
porque se trata de un volver, eso
no duda, y se confisca al cuello
de la pregunta que salpica un ojo
con espuma del costado ajena,
asemeja a un payador desposeído,
harto de radar unos suplicios
ínfimos, la floja lucha contra el muro
de impenetrable lamentar, madre-
selva el untado cuero, en celo
sacrificial el tenue
corazón de las mesuras
al viento, guirnalda para orar.
pero tanto no alcanza ni gradúa
al micrón de la onda innómine,
ni al pase del asunto en paralelas
dejándose vías desleer, en la
promesa que apoya
en la mesa el codo y tras
la aspereza de lodo entera
de la pereza con que
reza, porque
bosteza dulcemente, es
un trámite entre gente que
pendiente al parecer perece,
gemina el trasluz a ritmosoul
en toda cosa.
vivo al mar, la casa da mar:
las nubes desamparan mas
vuelven la frente para besar.
¿floreció? el abismo es otra cosa,
confía el crecimiento de las plantas,
la promesa en la sala de reptar,
la plusvalía con su pífano es así
porque en cuanto salta, es evidente,
dice la bella presente, se vuelve alta
como un colibrí en el enroque
con calas. rocas und poco nada
da el asunto de la edad, al sol: ¿qué
sabrá de nos? y nos ¿qué de la vaca
de San Antonio el Torito el buda
de la grieta la suculenta crecida?
pero a tanta cuestión y tanto acoso,
a la acuosa espera de un parque
a otro, o del dorso a otro dorso,
le concedo el cierto parpadeo.
voy atravesando el miraje
mortalmente lúcido no sé de qué sería dueño
si no del parpadeo que se evade por la herida
al despertar
se conoce entremezclar así las pausas
del día mientras escurre sobre la mesa
las cuatro patas de la cama la compañía del boscaje
allá él el vidrio si él no suelta a él
atravesado soy la ría y subes misma contigo
al espeso campo de sonido que se cruza
sobre la piel o contra el hueso-luz del que surgen
tus otros cuerpos eclipsando el movimiento
se desconoce es un decir hasta que algas
del pensamiento quedan flotar sin permanencia
para alegría del plancton primordial que está en tu
piel y que al tocarlo evoca esta frescura acre
ácido de lamerte pruebo y te visito de sedas
serpentinas que evaporan madrépora
envuelta en la espesura habitante suelta
en el espacio de mirarte la inquietud
con que deliran las cosas a su dicha
de raíz hacia el día voy superpuesto
para alegría del parpadeo de la herida
zoopsia
Esto no es un libro.
Paul Gauguin
hunde las cuatro piernas en las olas,
el aliento en cuanto duda las medusas cortan,
roen para nunca la veta anfibia del sombrero.
ha enloquecido, se ve, quien por amor viviera
y aún supervive, ante estas sordas crestas,
al espectro origen que ronda, la caracola
continúa: distinta igual a lo que el manto
de espuma impone a su abandono, cangrejal
de dioses enredados para imantar el pelo
de fronda de las furias y desatar el sismo
donde nada, sino el anzuelo mismo del unánime
espasmo, de cabeza al alga, cabe, aura espejo
al doble cruce que transborda. alzado el cuervo
de la mano (oidor el día), de íntimo mar
cuyo ritmo enamorado no se agota,
deriva la flotante memoria, relámpago las dunas.
da la podre la nota, no más real que una otra cosa,
y aún alguna gloria matutina sobre el pétalo dado
de una sola rosa, en equilibrios vientos, enloquece
por ser nadie, un momento, ludibrio en lugar
de la corriente, lemniscata fría las más veces
remolino, saca a pasear encinta la felina cifra,
cría o hálito habitante acuático del acto.
rasguña la sirena
rasa de proa cuya madera de polícroma
marea principal de la trama, don de respirado
alter, ya descífrase.
en la canoa ona de las mezclas, ambas
personas pierden piernas y navegan, se ve,
por amor van superpuestas a la entrega.
la sirena ató al monólogo de Patmos.
pastosa o real para perder y no parar
de seguirla. a la sombra secular este sitio
dura lo que un mainumbí en su circuito,
fraseo de briznas.
lo que comenzara no cesará, lo que fue
un César colmena regresa: es el colmo,
secos de tanto hablar, de la olla raspar
el fondo, loros de un logos que duerme
junto a su tarahumar tarántula.
claro, los instrumentos recuerdan
otras manos, lo tocado está al instante
detenido. adonde se va otro acompaña,
empaña la ventana, afrenta hechos,
trasuda paria el lugar.
pero no ha, luego del semejante,
no-retorno en punto ni viajero sino,
en los desplazamientos, tablero
sobre un ajedrez, relojería de alta espera,
hospital de sobras de días de pactos.
no reparo sin embargo, pues cada paso
dispara, las aves de paso permanecen,
el solo espacio en vilo absorbe
aborigen todavía el sol, dejándose
anidar en lo reflejo. cualquier cosa
que haga un pie, el pasto precede.
no cierra el continuo regreso
a la yema de cohecho de la arena,
porque los médanos dan dedos
y las huellas dédalos del mar
para siempre errátiles marcaron.
rendir el ritmo pierde al dueño,
lomas del tiempo simultáneo,
encuentra uno su trocado,
dislocan las regiones rostros
al horizonte igual que atienden.
el esqueleto sabe más pero no calla
ante el escueto pan de la amnistía
o el rastro secreto de Pan, por
el momento en suspensiones
in mente del cardumen.
hunde las piernas despensadas,
ahueca el simulacro indómito adonde
marineros de sangre apenas miramos
cómo vira el sol sus maderámenes,
cromático desvío hacia la proa.
pero no sería la elegancia del naufragio
lo que arrojara por la borda o devorado
dominio fuera juez, delicadeza: una hora
tras la presa desentona, por lo cierta
y bífida, es decir fuera de tiempo,
ahora que el abra despierta a la columna
de tormento de los céfiros. trataríase
entonces de una sorda nota en el despegue
que en la ola, alimento esparcido, erosiona
para cundir, acude para la voz dormida.
cuestión no sería de atinar o desatino,
por una vez nomás, mareo que pare
al infinito, comparezca su deshora.
sin embargo nos comió el mar,
fue un roce de corazones en la zona
que vira los imanes, de la que a solas
no se supo ni supuso más volver.
pulsares con acritud dolosa
de pulpo en su espesura pineal
de catadura intacta, coralina,
cactácea adonde oyó la luz ayer,
con acritud anfibia o mímica
de la boa que roe la Osa Mayor,
asoma la margen prisionera
de su propia forma, su prender:
cómo nació de plancton la más
partícula, por durar adherida
al ácido recio del verano
en los cristales de la piel.
sílabas el mar babelea —dalo
por hecho— mientras incierta
dama ósea como óleo al ojo,
justo huyó si quiso ver,
de tal suerte estelas, tras cuáles
era espuma esa loma, suma loba
al abordaje tuerto, oro en polvo
hacia el cual velámenes tender
por mor de su resaca, en pos
de cualquier puerto, que no es,
o que presto escapa y nos
sonsaca (¿pez? ¿ves?) ser a ser.
Reynaldo Jiménez
tsetse@sinectis.com.ar
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